GUERRA Y LENGUAJE, DE ADAN KOVACSICS

Artículo de El País, 18/03/08

SALVAR  AL SOLDADO RILKE


"Hay que salvar a Rilke", escribió en 1916 la duquesa Thurn-Taxis. Efectivamente, el poeta Rainer Maria Rilke había sido movilizado por el Ejército imperial austrohúngaro y, pese a su nula capacidad combativa y quedar ridículo en uniforme, podía acabar luchando contra los rusos. Su protectora consiguió in extremis que lo destinaran al Archivo de Guerra, en Viena. Se le salvó, pero ello no impidió que Rilke sufriera un bloqueo literario, que su poesía enmudeciera.
"Los ángeles se habían retirado", señala el traductor y ensayista Adan Kovacsics, autor de Guerra y lenguaje (Acantilado), un libro insólito y muy sugerente, ensayo con incursiones en la narrativa, que investiga el tremendo impacto de las contiendas bélicas sobre la literatura, los escritores y la propia palabra. En síntesis, se trata de que la catástrofe de la guerra provoca también una "catástrofe de la palabra".
En el archivo vienés, en cuyo seno funcionaba un Grupo Literario dirigido por oficiales y dedicado a la propaganda, la difusión de hazañas militares y el reforzamiento moral de la tropa, Rilke es incapaz de producir ni un texto como le piden y acaban colocándolo en un rincón.
Ningún escritor, recalca Kovacsics, se sustrae al impacto de la guerra sobre el lenguaje; unos se apuntan al carro (blindado): se dedican a cantar al odio y "peinar a los héroes". Otros como Rilke "se apartan del alud" y caen en la parálisis o el silencio, "el lugar", señala Kovacsics, "en el que se guarda y se protege el verbo ante el arrasamiento, el cajón donde se esconde el tesoro ante las tropas". Silencio ante el ruido, los cañonazos, la palabrería, el himno.
A finales de 1914, Wittgenstein, a la sazón de servicio en la cañoneraGoplana que patrullaba por el Vístula -y donde se encarga, paradójicamente, del reflector-, describe en sus diarios secretos la ordinariez y la grosería que le rodean a bordo ("la cháchara de la época") y que le perturban: "He trabajado bastante, ¡pero sin verdadera claridad de visión!". "Soy incapaz de pronunciar la sola palabra redentora". "Mis pensamientos están tullidos". Karl Kraus y Walter Benjamin denunciarán la instrumentalización del lenguaje por la guerra, su "caída", convertido en un torrente de palabras y frivolidad verbal que ensalza "la aventura tecnorromántica de la guerra" en una alianza espuria "del catón y el lanzallamas". Perciben la corrupción y degradación de lo sagrado del lenguaje "cuando las plumas se sumergen en sangre y las espadas en tinta" (Kraus).
"Me apasiona desde siempre esa compleja relación entre guerra y literatura, entre guerra y lenguaje", dice Kovacsics. "Si afinas el oído puedes seguirla a lo largo del siglo XX. La literatura se cuestiona a sí misma a raíz de las guerras. Ello conduce a una puesta en duda radical del lenguaje que en unos casos llega a la anulación y el silencio y en otros a nuevas formulaciones. Ocurre en la I Guerra Mundial y también, de manera más radical, en la Segunda, con casos como los que menciono de Celan, Jelinek, Bachmann, Hans Lebert o Heimrad Bäcker, que renuncia a la subjetividad para desvelar la perversa esencia lingüística del nazismo".El poeta evitó ser alistado, pero sufrió un bloqueo, su voz enmudeció.
Lalique, Libélula con busto

Fuente: BABELIA

Esta es una novela perfecta para anglófilos por su escenario. Además, el rigor, la autoexigencia, la minuciosidad, la documentación e, incluso, la erudición de que hace gala Antonia Byatt es la que cabía esperar de esta autora tan meticulosa como tradicional. Al igual que en su ambiciosa tetralogía (de la que acaba de publicarse un nuevo volumen, Naturaleza muerta, Alfaguara, 2010), la autora aborda una vez más el tema del contraste entre la ambición de una vida activa, cultivada, ambiciosa y el deseo hogareño de permanecer en territorio protegido. Este conflictivo contraste, que en Naturaleza muerta personificarán su heroína Federica Potter y la hermana de ésta, Stephanie, se abre en El libro de los niños a una multitud de variantes de la mano de los numerosos personajes que viven y se entrecruzan en ella. Esta es otra característica de Byatt: la profusión de personajes y su notable soltura para manejarlos sin perder las riendas.

En El libro de los niños aparecen tres grupos familiares: los Cain, los Wellwood (bifurcados en dos subgrupos) y los Fludd. Con ellos, la figura de Philip, el chico autodidacta y solitario recogido por Olive Wellwood, que se desplaza luego a la casa de los Fludd donde se convertirá en discípulo de Clemente Fludd, un prestigioso alfarero. Alrededor de ellos y de sus numerosos hijos pululan otros muchos personajes, todos ellos hijos de su tiempo, un tiempo que transcurre entre los últimos años del reinado de Victoria, el de Eduardo VII, la subida al trono del rey Jorge y que culmina con la I Guerra Mundial. Estamos, pues, en un momento crucial de la historia moderna: el del gigantesco cambio del Antiguo Régimen a la Nueva Europa que habrá de nacer para el siglo XX.

Aunque no haya un solo hilo conductor de la historia, la figura que enlaza es la de Olive Wellwood, autora de cuentos infantiles, verdadero timón de un hogar donde conviven su marido, Humphry, su hermana Violet, sus cinco hijos y otro que llegará, y la servidumbre. Su casa, Todefright, es una antigua granja de Kent con prados, río y bosque alrededor que había sido ampliada en estilo Arts and Crafts para solaz de su nutrido grupo de habitantes. Las relaciones entre los diversos grupos de personajes se enmarcan en un mundo cultivado, de orientación fabiana, en medio de las progresivas demandas del voto para la mujer y dentro del empuje de ideas socialistas y hasta radicales que fueron el caldo de cultivo del pensamiento que emerge al aire de los nuevos tiempos. Por la novela desfilan personalidades como Emma Goldmann, Oscar Panizza, un patético Wilde final, H. G. Wells, Bernard Shaw o James Barrie. El mundo de la época está admirablemente expuesto en toda su variedad de registros, como es marca de la casa en la señora Byatt. Con todo ello, cabe deducir que estamos ante una de esas novelas poderosas que suelen denominarse "fresco histórico", sí, pero en este caso con toda la panoplia de actitudes expresada en la multitud de personajes que la pueblan. Asistiremos al crecimiento de todos esos niños al ritmo del mundo y los dejaremos, de manera trágica y terrible, muertos o desaparecidos en las trincheras europeas de la guerra más devastadora e inútil. Toda una generación de jóvenes ingleses desapareció en aquella contienda y esta es la historia de sus vidas hasta que se enfrentaron al horror sin sentido; y las vidas de sus familias.

Gloucester Candlestick
A tan extraordinario esfuerzo de escritura solo cabe oponer un reparo de importancia que ha de parecer paradójico: su falta de dramatismo. El libro es un magnífico cuadro de costumbres que, como todos los cuadros de costumbres, tiende más hacia el retrato logrado que queda a la vista que hacia la profundidad e intensidad de las almas que lo habitan. Es muy difícil conjugar ambos aspectos y la prueba es el Guerra y paz de Tolstói. Todo el desarrollo externo, tanto de lo histórico como de lo personal, cumple a satisfacción del lector. En puridad, no puede decirse que haya falta de conflicto, pero sí que este es más horizontal que vertical, si se me permite la expresión; lo cual ralentiza e iguala la historia a sí misma sin lograr la vibración dramática que, por ejemplo, consiguió en su día, con un trabajo semejante en periodo semejante, Ford Madox Ford en El final del desfile. Con toda su eficacia y rigor, El libro de los niños no deja de dar la sensación de algo ya conocido, muy bien expuesto, pero conocido. Byatt es una escritora tradicional que domina su oficio como pocas, digna hija de la tradición novelística anglosajona, pero, por lo mismo, predecible. Eso significa que hay que disfrutar de su escritura como se saborea un buen coñac: no hay sorpresa, pero la calidad es la que se tiene merecida.

REBECCA, DE ALFRED HITCHCOCK

Anoche soñé que volvía a Manderley...
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