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LAS GARZAS, RICARDO MIRÓ

En el cielo, velado de improviso,
la banda fugitiva se diseña
(Tal mi vida: crepúsculo indeciso,
donde entre un fondo de dolor, diviso
alejarse una tímida cigüeña...)
Míralas... Su fatal melancolía
se disuelve en el raso de los cielos,
y al verlas agitarse se diría
que son como fantásticos pañuelos
con que al morir nos dice adiós el día.
Las garzas me enamoran... Son lo que huye,
lo intocado, que vuela y se evapora;
y como tras su marcha soñadora
un cansancio infinito se diluye,
el vuelo de las garzas me enamora...
En los lagos dormidos entre brumas,
cuando abre sus párpados la Aurora,
bajo la nieve casta de sus plumas
son el alma de luz de las espumas
y su blancor entonces me enamora...
Por no sé qué lejano simbolismo
sobre el escombro que el verdín colora,
la garza, pensativa, rememora
el alma misteriosa del mutismo
y entonces su silencio me enamora...
Cuando al morir la tarde se derraman
mientras el Sol el infinito dora,
recuerda la bandada voladora
los sueños de las vírgenes que aman
y su inquietud entonces me enamora...
Las garzas me enloquecen... Su blancura,
su mudez, el dolor que las aqueja,
me empujan a quererlas con ternura...
Yo tengo la infinita desventura
de amar lo que se va, lo que se aleja...
Pero yo amo las garzas porque existe
un amable recuerdo en mi memoria...
Es el tuyo: tú fuiste blanca y triste,
y volando, en silencio, te perdiste,
en el cielo sin nubes de mi historia.

CANCIÓN DE LA VIDA PROFUNDA
El hombre es una cosa vana, variable y ondeante...
MONTAIGNE
Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, 
como las leves briznas al viento y al azar.
 
Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe.
 
La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar.
Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles, 
como en abril el campo, que tiembla de pasión:
 
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
 
el alma está brotando florestas de ilusión.
Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, 
como la entraña obscura de oscuro pedernal:
 
la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,
 
en rútiles monedas tasando el Bien y el Mal.
Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos... 
(¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!)
 
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
 
y hasta las propias penas nos hacen sonreír.
Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos, 
que nos depara en vano su carne la mujer:
 
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
 
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.
Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres, 
como en las noches lúgubres el llanto del pinar.
 
El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
 
y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.
Mas hay también ¡Oh Tierra! un día... un día... un día... 
en que levamos anclas para jamás volver...
 
Un día en que discurren vientos ineluctables
 
¡un día en que ya nadie nos puede retener!


Por las avenidas
de miedo cercadas,
brilla en la noche de azules oscuros,
la ronda de espadas.
Duermen los postigos
las viejas aldabas;
y se escuchan borrosas de canes
las músicas bravas.

Ya los extramuros
y las arruinadas
callejuelas, vibrante ha pasado
la ronda de espadas.

Y en los cafetines
que el humo amortaja,
al sentirla el tahúr de la noche,
cierra la baraja.
Por las avenidas
morunas, talladas,
viene lenta, sonora, creciente
la ronda de espadas.
Tras las celosías,
esperan las damas,
paladines que traigan de amores
las puntas de llamas.

Bajo los balcones
do están encantadas,
se detiene con súbito ruido
la ronda de espadas
Tristísima noche
de nubes extrañas:
jay, de acero las hojas lucientes
se toman guadañas!
¡Tristísima noche
de las encantadas!




Garza, en la sombra,
es mármol tu plumón,
móvil nieve en el viento
y nácar en el sol...