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LOS BURGUESES DE CALAIS






Fuente: http://arte.observatorio.info/2008/08/los-burgueses-de-calais-rodin-1888




I. La mayor parte de quienes en el pasado han hecho uso de la palabra en esta tribuna, han tenido por costumbre elogiar a aquel que introdujo este discurso en el rito tradicional, pues pensaban que su proferimiento con ocasión del entierro de los caídos en combate era algo hermoso. A mí, en cambio, me habría parecido suficiente que quienes con obras probaron su valor, también con obras recibieran su homenaje –como este que veis dispuesto para ellos en sus exequias por el Estado–, y no aventurar en un solo individuo, que tanto puede ser un buen orador como no serlo, la fe en los méritos de muchos.
Es difícil, en efecto, hablar adecuadamente sobre un asunto respecto del cual no es segura la apreciación de la verdad, ya que quien escucha, si está bien informado acerca del homenajeado y favorablemente dispuesto hacia él, es muy posible que encuentre que lo que se dice está por debajo de lo que él desea y de lo que él conoce; y si, por el contrario, está mal informado, lo más probable es que, por envidia, cuando oiga hablar de algo que esté por encima de sus propias posibilidades, piense que se está cayendo en una exageración. Porque los elogios que se formulan a los demás se toleran sólo en tanto quien los oye se considera a sí mismo capaz también, en alguna medida, de realizar los actos elogiados; cuando, en cambio, los que escuchan comienzan a sentir envidia de las excelencias de que está siendo alabado, al punto prende en ellos también la incredulidad. Pero, puesto que a los antiguos les pareció que sí estaba bien, debo ahora yo, siguiendo la costumbre establecida, intentar ganarme la voluntad y la aprobación de cada uno de vosotros tanto como me sea posible.
II. Comenzaré, ante todo, por nuestros antepasados, pues es justo y, al mismo tiempo, apropiado a una ocasión como la presente, que se les rinda este homenaje de recordación. Habitando siempre ellos mismos esta tierra a través de sucesivas generaciones, es mérito suyo el habérnosla legado libre hasta nuestros días. Y si ellos son dignos de alabanza, más aún lo son nuestros padres, quienes, además de lo que recibieron como herencia, ganaron para sí, no sin fatigas, todo el imperio que tenemos, y nos lo entregaron a los hombres de hoy.
En cuanto a lo que a ese imperio le faltaba, hemos sido nosotros mismos, los que estamos aquí presentes, en particular los que nos encontramos aún en la plenitud de la edad, quienes lo hemos incrementado, al paso que también le hemos dado completa autarquía a la ciudad, tanto para la guerra como para la paz. Pasaré por alto las hazañas bélicas de nuestros antepasados, gracias a las cuales las diversas partes de nuestro imperio fueron conquistadas, como asimismo las ocasiones en que nosotros mismos o nuestros padres repelimos ardorosamente las incursiones hostiles de extranjeros o de griegos, ya que no quiero extenderme tediosamente entre conocedores de tales asuntos. Antes, empero, de abocarme al elogio de estos muertos, quiero señalar en virtud en qué normas hemos llegado a la situación actual, y con qué sistema político y gracias a qué costumbres hemos alcanzado nuestra grandeza. No considero inadecuado referirme a asuntos tales en una ocasión como la actual, y creo que será provechoso que toda esta multitud de ciudadanos y extranjeros lo pueda escuchar.
III. Disfrutamos de un régimen político que no imita las leyes de los vecinos; más que imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servimos de modelo para algunos. En cuanto al nombre, puesto que la administración se ejerce en favor de la mayoría, y no de unos pocos, a este régimen se lo ha llamado democracia; respecto a las leyes, todos gozan de iguales derechos en la defensa de sus intereses particulares; en lo relativo a los honores, cualquiera que se distinga en algún aspecto puede acceder a los cargos públicos, pues se lo elige más por sus méritos que por su categoría social; y tampoco al que es pobre, por su parte, su oscura posición le impide prestar sus servicios a la patria, si es que tiene la posibilidad de hacerlo.
Tenemos por norma respetar la libertad, tanto en los asuntos públicos como en las rivalidades diarias de unos con otros, sin enojarnos con nuestro vecino cuando él actúa espontáneamente, ni exteriorizar nuestra molestia, pues ésta, aunque innocua, es ingrata de presenciar. Si bien en los asuntos privados somos indulgentes, en los públicos, en cambio, ante todo por un respetuoso temor, jamás obramos ilegalmente, sino que obedecemos a quienes les toca el turno de mandar, y acatamos las leyes, en particular las dictadas en favor de los que son víctimas de una injusticia, y las que, aunque no estén escritas, todos consideran vergonzoso infringir.
IV. Por otra parte, como descanso de nuestros trabajos, le hemos procurado a nuestro espíritu una serie de recreaciones. No sólo tenemos, en efecto, certámenes públicos y celebraciones religiosas repartidos a lo largo de todo el año, sino que también gozamos individualmente de un digno y satisfactorio bienestar material, cuyo continuo disfrute ahuyenta a la melancolía.
Y gracias al elevado número de sus habitantes, nuestra ciudad importa desde todo el mundo toda clase de bienes, de manera que los que ella produce para nuestro provecho no son, en rigor, más nuestros que los foráneos.
V. A nuestros enemigos les llevamos ventaja también en cuanto al adiestramiento en las artes de la guerra, ya que mantenemos siempre abiertas las puertas de nuestra ciudad y jamás recurrimos a la expulsión de los extranjeros para impedir que se conozca o se presencie algo que, por no hallarse oculto, bien podría a un enemigo resultarle de provecho observarlo.
Y es que, más que en los armamentos y estratagemas, confiamos en la fortaleza de alma con que naturalmente acometemos nuestras empresas. Y en cuanto a la educación, mientras ellos procuran adquirir coraje realizando desde muy jóvenes una ardua ejercitación, nosotros, aunque vivimos más regaladamente, podemos afrontar peligros no menores que ellos.
Prueba de esto es que los espartanos no realizan sin la compañía de otros sus expediciones militares contra nuestro territorio, sino junto a todos sus aliados; nosotros, en cambio, aun invadiendo solos tierra enemiga y combatiendo en suelo extraño contra quienes defienden lo suyo, la mayor parte de las veces nos llevamos la victoria sin dificultad. Además, ninguno de nuestros enemigos se ha topado jamás en el campo de batalla con todas nuestras fuerzas reunidas, pues simultáneamente debemos atender la manutención de nuestra flota y, en tierra, el envío de nuestra gente a diversos lugares. Sin embargo, cada vez que en algún lugar ellos se trenzan en lucha con una facción de los nuestros y resultan vencedores, se ufanan de habernos rechazado a todos, aunque sólo han vencido a algunos, y si salen derrotados, alegan que lo fueron ante todos nosotros juntos. Pero lo cierto es que, ya que preferimos afrontar los peligros de la guerra con serenidad antes que habiéndonos preparado con arduos ejercicios, ayudados más por la valentía de los caracteres que por la prescrita en ordenanzas, les llevamos la ventaja de que no nos angustiamos de antemano por las penurias futuras, y, cuando nos toca enfrentarlas, no demostramos menos valor que ellos viven en permanente fatiga.
Pero no sólo por éstas, sino también por otras cualidades nuestra ciudad merece ser admirada.
VI. En efecto, amamos el arte y la belleza sin desmedirnos, y cultivamos el saber sin ablandarnos. La riqueza representa para nosotros la oportunidad de realizar algo, y no un motivo para hablar con soberbia; y en cuanto a la pobreza, para nadie constituye una vergüenza el reconocerla, sino el no esforzarse por evitarla. Los individuos pueden ellos mismos ocuparse simultáneamente de sus asuntos privados y de los públicos; no por el hecho de que cada uno esté entregado a lo suyo, su conocimiento de las materias políticas es insuficiente. Somos los únicos que tenemos más por inútil que por tranquila a la persona que no participa en las tareas de la comunidad.
Somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a derecho sobre la cosa pública, pues no creemos que lo que perjudica a la acción sea el debate, sino precisamente el no dejarse instruir por la discusión antes de llevar a cabo lo que hay que hacer. Y esto porque también nos diferenciamos de los demás en que podemos ser muy osados y, al mismo tiempo, examinar cuidadosamente las acciones que estamos por emprender; en este aspecto, en cambio, para los otros la audacia es producto de su ignorancia, y la reflexión los vuelve temerosos. Con justicia pueden ser reputados como los de mayor fortaleza espiritual aquellos que, conociendo tanto los padecimientos como los placeres, no por ello retroceden ante los peligros.
También por nuestra liberalidad somos muy distintos de la mayoría de los hombres, ya que no es recibiendo beneficios, sino prestándolos, que nos granjeamos amigos. El que hace un beneficio establece lazos de amistad más sólidos, puesto que con sus servicios al beneficiado alimenta la deuda de gratitud de éste. El que debe favores, en cambio, es más desafecto, pues sabe que al retribuir la generosidad de que ha sido objeto, no se hará merecedor de la gratitud, sino que tan sólo estará pagando una deuda. Somos los únicos que, movidos, no por un cálculo de conveniencia, sino por nuestra fe en la liberalidad, no vacilamos en prestar nuestra ayuda a cualquiera.
VII. Para abreviar, diré que nuestra ciudad, tomada en su conjunto, es norma para toda Grecia, y que, individualmente, un mismo hombre de los nuestros se basta para enfrentar las más diversas situaciones, y lo hace con gracia y con la mayor destreza. Y que estas palabras no son un ocasional alarde retórico, sino la verdad de los hechos, lo demuestra el poderío mismo que nuestra ciudad ha alcanzado gracias a estas cualidades. Ella, en efecto, es la única de las actuales que, puesta a prueba, supera su propia reputación; es la única cuya victoria, el agresor vencido, dada la superioridad de los causantes de su desgracia, acepta con resignación; es la única, en fin, que no les da motivo a sus súbditos para alegar que están inmerecidamente bajo su yugo.
Nuestro poderío, pues, es manifiesto para todos, y está ciertamente más que probado. No sólo somos motivo de admiración para nuestros contemporáneos, sino que lo seremos también para los que han de venir después.
No necesitamos ni a un Homero que haga nuestro panegírico, ni a ningún otro que venga a darnos momentáneamente en el gusto con sus versos, y cuyas ficciones resulten luego desbaratadas por la verdad de los hechos. Por todos los mares y por todas las tierras se ha abierto camino nuestro coraje, dejando aquí y allá, para bien o para mal, imperecederos recuerdos.
Combatiendo por tal ciudad y resistiéndose a perderla es que estos hombres entregamos notablemente sus vidas; justo es, por tanto, que cada uno de quienes les hemos sobrevivido anhele también bregar por ella.
VIII. La razón por la que me he referido con tanto detalle a asuntos concernientes a la ciudad, no ha sido otra que para haceros ver que no estamos luchando por algo equivalente a aquello por lo que luchan quienes en modo alguno gozan de bienes semejantes a los nuestros y, asimismo, para darle un claro fundamento al elogio de los muertos en cuyo honor hablo en esta ocasión.
La mayor parte de este elogio ya está hecha, pues las excelencias por las que he celebrado a nuestra ciudad no son sino fruto del valor de estos hombres y de otros que se les asemejan en virtud. No de muchos griegos podría afirmarse, como sí en el caso de éstos, que su fama está en conformidad con sus obras. Su muerte, en mi opinión, ya fuera ella el primer testimonio de su valentía, ya su confirmación postrera, demuestra un coraje genuinamente varonil. Aun aquellos que puedan haber obrado mal en su vida pasada, es justo que sean recordados ante todo por el valor que mostraron combatiendo por su patria, pues al anular lo malo con lo bueno resultaron más beneficiosos por su servicio público que perjudiciales por su conducta privada.
A ninguno de estos hombres lo ablandó el deseo de seguir gozando de su riqueza; a ninguno lo hizo aplazar el peligro la posibilidad de huir de su pobreza y enriquecerse algún día. Tuvieron por más deseable vengarse de sus enemigos, al tiempo que les pareció que ese era el más hermoso de los riesgos. Optaron por correrlo, y, sin renunciar a sus deseos y expectativas más personales, las condicionaron, sí, al éxito de su venganza. Encomendaron a la esperanza lo incierto de su victoria final, y, en cuanto al desafío inmediato que tenían por delante, se confiaron a sus propias fuerzas.
En ese trance, también más resueltos a resistir y padecer que a salvarse huyendo, evitaron la deshonra e hicieron frente a la situación con sus personas.
Al morir, en ese brevísimo instante arbitrado por la fortuna, se hallaban más en la cumbre de la determinación que del temor.
IX. Estos hombres, al actuar como actuaron, estuvieron a la altura de su ciudad. Deber de quienes les han sobrevivido, pues, es hacer preces por una mejor suerte en los designios bélicos, y llevarlos a cabo con no menor resolución. No sólo oyendo las palabras que alguien pueda deciros debéis reflexionar sobre el servicio que prestáis –servicio que cualquiera podría detenerse a considerarse ante vosotros, que muy bien lo conocéis por propia experiencia, señalándoos cuántos bienes están comprometidos en el acto de defenderse de los enemigos–; antes bien, debéis pensar en él contemplando en los hechos, cada día, el poderío de nuestra ciudad, y prendándoos de ella. Entonces, cuando la ciudad se os manifieste en todo su esplendor, parad mientes en que éste es el logro de hombres bizarros, conscientes de su deber y pundonorosos en su obrar; de hombres que, si alguna vez fracasaron al intentar algo, jamás pensaron en privar a la ciudad del coraje que los animaba, sino que se lo ofrendaron como el más hermoso de sus tributos. Al entregar cada uno de ellos la vida por su comunidad, se hicieron merecedores de un elogio imperecedero y de la sepultura más ilustre.
Esta, más que el lugar en que yacen sus cuerpos, es donde su fama reposa, para ser una y otra vez recordada, de palabra y de obra, en cada ocasión que se presente.
La tumba de los grandes hombres es la tierra entera: de ellos nos habla no sólo una inscripción sobre sus lápidas sepulcrales; también en suelo extranjero pervive su recuerdo, grabado no en un monumento, sino, sin palabras, en el espíritu de cada hombre.
Imitad a éstos ahora vosotros, cifrando la felicidad en la libertad, y la libertad en la valentía, sin inquietaros por los peligros de la guerra. Quienes con más razón pueden ofrendar su vida no son aquellos infortunados que ya nada bueno esperan, sino, por el contrario, quienes corren el riesgo de sufrir un revés de fortuna en lo que les queda por vivir, y para los que, en caso de experimentar una derrota, el cambio sería particularmente grande.
Para un hombre que se precia a sí mismo, en efecto, padecer cobardemente la dominación es más penoso que, casi sin darse cuenta, morir animosamente y compartiendo una esperanza.
X. Por tal razón es que a vosotros, padres de estos muertos, que estáis aquí presentes, más que compadeceros, intentaré consolaros. Puesto que habéis ya pasado por las variadas vicisitudes de la vida, debéis de saber que la buena fortuna consiste en estar destinado al más alto grado de nobleza –ya sea en la muerte, como éstos; ya en el dolor, como vosotros–, y en que el fin de la felicidad que nos ha sido asignada coincida con el fin de nuestra vida. Sé que es difícil que aceptéis esto tratándose de vuestros hijos, de quienes muchas veces os acordaréis al ver a otros gozando de la felicidad de que vosotros mismos una vez gozasteis. El hombre no experimenta tristeza cuando se lo priva de bienes que aún no ha probado, sino cuando se le arrebata uno al que ya se había acostumbrado. Pero es preciso que sepáis sobrellevar vuestra situación, incluso con la esperanza de tener otros hijos, si es que estáis aún en edad de procrearlos. En lo personal, los hijos que nazcan representarán para algunos la posibilidad de apartar el recuerdo de los que perdieron; para la ciudad, entretanto, su nacimiento será doblemente provechoso, pues no sólo impedirá que ella se despueble, sino que la hará más segura, ya que nadie puede participar en igualdad de condiciones y equitativamente en las deliberaciones políticas de la comunidad, a menos que, tal como los demás, también él exponga su prole a las consecuencias de sus resoluciones.
Y aquellos de vosotros que habéis llegado ya a la ancianidad, tened por ganancia el haber vivido felizmente la mayor parte de vuestra vida, considerad que la que os queda ha de ser breve, y consolaos con la fama alcanzada por éstos vuestros hijos. Lo único que no envejece, en efecto, es el amor a la gloria; y cuando la edad ya declina, no es atesorar bienes lo que más deleita, como algunos dicen, sino recibir honores.
XI. Y en cuanto a vosotros, hijos o hermanos, aquí presentes, de estas víctimas de la guerra, veo grande el desafío que tenéis por delante, porque solamente aquel que ya no existe suele concertar el elogio de todos; a duras penas podréis conseguir, por sobresalientes que sean vuestros méritos, ser considerados no ya sus iguales, sino incluso sus cercanos émulos. La envidia de los rivales la sufren quienes están vivos; el que, en cambio, ya no representa un obstáculo para nadie, es honrado con generosa benignidad.
Y si, para aquellas esposas que ahora quedan viudas, debo también decir algo acerca de las virtudes propias de la mujer, lo resumiré todo en un breve consejo: grande será vuestra gloria si no desmerecéis vuestra condición natural de mujeres y si conseguís que vuestro nombre ande lo menos posible en boca de los hombres, ni para bien ni para mal.
XII. En conformidad con nuestras leyes y costumbres, pues, queda dicho en mi discurso lo que me parecía pertinente. Ahora, en cuanto a los hechos, los hombres a quienes estamos sepultando han recibido ya nuestro homenaje.
De la educación de sus hijos, desde este momento hasta su juventud, se hará cargo la ciudad. Tal es la provechosa corona que ella impone a estas víctimas, y a los que ellas dejan, como premio de tan valerosas hazañas. Cuando los más preciados galardones que una ciudad otorga son los que recompensan la valentía, entonces también posee ella los ciudadanos más valientes.
Y ahora, después de haber llorado cada uno a sus deudos, podéis marcharos.
Atreo y sus sucesores (sus hijos Menelao y Agamenón) estaban bajo una maldición pues él, en lo que parecía ser un banquete de reconcialiación, le había servido a su incauto hermano Tiestes la carne de sus propios hijos, sus sobrinos. Atreo sería asesinado a su vez por Tiestes y Egisto, el único hijo sobreviviente de Tiestes, y Agamenón sucedería en el trono a su padre. 
Durante la larga ausencia de Agamenón en Troya, Egisto tomó la casa del nuevo rey y se convirtió en amante de su esposa, Clitemnestra. Ella estaba dolida con Agamenón, ya que justo antes de la guerra de Troya él había ofrecido a su hija Ifigenia como sacrificio humano para la diosa Artemisa. (Artemisa, encolarizada contra los griegos, tenía que ser confortada pues les había enviado vientos contrarios impedían a la flota zarpar hacia Troya)
Agamenón había regresado de Troya en compañía de su nueva concubina, Casandra, hija de Príamo y Hécuba y hermana de Héctor y Paris. Casandra había recibido de Apolo el don de predecir el futuro pero al mismo tiempo había quedado condenada a llevar la carga de que nadie creyera en sus palabras. Antes, ella había predicho la caída de Troya a sus incrédulos compatriotas troyanos. Ahora, histéricamente, pronostica el plan de Clitemnestra, pero resulta en vano. Agamenón, engatusado para que vea en la elaborada bienvenida de Clitemnestra un honor hacia él, es asesinado en la bañera a manos de su esposa enceguecida por el odio:
"Así cayendo exhala su alma y lanzando con su aliento un degüello furioso de sangre, me alcanza con las negras gotas de sangriento rocío, no menos dulce a mi corazón que la lluvia de Zeus para los sembrados cuando el cáliz germina"
como narra exultante Clitemnestra su acción frente a los horrorizados ciudadanos de Micenas. Casandra también cae ante la furia vengativa de su anfitriona.
Pero la venganza da vida a una nueva generación de vengadores, los hijos de Agamenón y Clitemnestra: Electra y su hermano menor, Orestes, quienes se ven impelidos a vengar la muerte de su padre. Después de que el apacible Oretes, azuzado por su más sanguinaria hermana, asesina a su madre y a su amante, es perseguido por las Furias, las terribles diosas de la conciencia vengadora quienes nunca le darán un momento de paz al culpable. Orestes, el matricida, se refugia en el templo de Atenea en la Acrópolis de Atenas, donde implora justicia. Se organiza un juicio con Orestes como defensor, las Furias como fiscales, y un jurado conformado por ciudadanos de Atenas, incluyendo a Atenea. Los votos resultan divididos a partes iguales entre la condena y el perdón. Entonces Atenea declara que, de ahí en adelante y para siempre, cuando no haya mayoría en el veredicto de un tribunal el acusado debe ser absuelto.
Las Furias, los primitivos e implacables espíritus de la Tierra, están enardecidas, pero la sabía Atenea las alienta a transformarse en criaturas más benévolas y a tomar un nombre nuevo, las Euménides, las bondadosas. Se les asigna un pequeño templo en la base de la Acrópolis, donde se transforman en las patronas protectoras de los atenienses, "estos honrados hombres, de esta raza que logró liberarse del dolor", según las palabras de Atenea, a quienes hay que amar "como un jardinero ama sus plantas".

La Casa de Atreo, aún entre los belicosos griegos, era un sinónimo de salvajismo, por la barbarie latente entre cada uno de los seres humanos y entre la sociedad misma. Las generaciones después de Atreo han sufrido suficiente; es tiempo de que la razón ejerza su poder sobre esta trama de venganza sin término. 

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EL ESCUDO DE AQUILES

Cuando Tetis le entrega a su hijo Aquilles la nueva armadura celestial forjada para él por el Hefesto el Cojo, Homero dedica más de cien líneas a la descripción del gran escudo donde Hefesto ha fraguado las palabras "dos ciudades /de hombres mortales, bellas". Una de las ciudades está en guerra, asediada por "la Discordia y el Tumulto y allí estaba la Parca perniciosa"; la otra, colmada de "bodas y festines" y cortes que dispensan sólo justicia, y no es simplemente una ciudad en paz sino la Ciudad de la paz, rodeada por una "pingüe tierra y extensa de labor" y cosechadores recogiendo el grano maduro. Hay una viña "cargada de racimos":


Y labraba en él
con perfección notable
 el Cojo ilustre un lugar de danza,
semejante a aquel que en otro tiempo
Dédalo construyera en la ancha Cnoso
para Ariadna la de las bellas trenzas.
Allí danzaban mozos y doncellas
que a título de dote valen bueyes,
con las manos cogidas por encima
del puño. Y llevaban las muchachas
sutiles velos, y ellos vestían
túnicas bien tejidas,
ligeramente brillantes de aceite;
además, claro está, bellas coronas
llevaban ellas; y ellos, espadas
de oro que colgaban
de tahalís de plata.
Y unas veces corrían,
impuestos como estaban en el arte
de hacer mover sus pies,
muy fácilmente, como cuando prueba,
sentado, un alfarero
la rueda a las palmas ajustada
de su mano, por comprobar si corre;
y otras veces, en cambio, iban corriendo
en líneas formados,
los unos en dirección de los otros.
Y la gran muchedumbre en derredor,
de pie, se deleitaba contemplando
esta encantadora danza de la rueda;
y dos volatineros, que a la danza
daban principio, hacían cabriolas
por entre ellos, en medio de ellos.

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Héctor se despide de Andrómaca y Astianacte
Deméter y Perséfone

EL DISCÓBOLO DE MIRÓN

Mirón nació en Eleuteras, ciudad situada entre el Ática y Beocia, trabajó fundamentalmente con el bronce. Las fuentes literarias le atribuyen gran cantidad de obras, pero la más famosa era una vaca de bronce expuesta en la Acrópolis que podía confundirse con una vaca real.
El Discóbolo es una obra del siglo V A.C., entre los años 460-450. El estilo es griego clásico y está realizada mediante fundición en bronce. 
COMPOSICIÓN:
El artista imprimió un gran dinamismo al cuerpo del Discóbolo, eligiendo el momento en  que el atleta sitúa el disco hacia atrás, paso previo e inmediato al enderezamiento de su cuerpo para lanzarlo.
El objetivo de Mirón no era ser fiel a la realidad; de hecho, la postura responde más a la impresión de movimiento que quería trasmitir que a la posición real que adoptaban los lanzadores de disco. Este artista realizó un gran esfuerzo por distanciarse del hieratismo de la época arcaica y se convirtió en el escultor del movimiento.
Mirón dedicó especial atención al estudio de la tensión entre las diversas formas geométricas que configuran el cuerpo. La composición del Discóbolo está pensada a partir de triángulos y curvas: la cabeza, las caderas y los pies formas una media circunferencia que se opone -en un equilibrio precario, responsable en gran parte de la sensación de movimiento- a la otra media circunferencia que dibujan los brazos extendidos: el derecho, hacia atrás, para coger impulso, y el izquierdo, apoyado sobre la rodilla derecha. También es apreciable una línea dinámica en forma de zigzag que va del disco hasta la parte derecha de la espalda, de ésta a la cadera, de la cadera a la rodilla y de la rodilla al pie levantado.
Además de utilizar complicadas formas geométricas para dinamizar la figura, Mirón consiguió el extraordinario ritmo del Discóbolo al representar los rasgos más característicos del cuerpo de un individuo según el modelo de los antiguos egipcios. Así, como se observa en las pinturas egipcias, el torso es visto frontalmente, mientras que piernas y brazos se plasman de perfil.
CONTENIDO
El Discóbolo representa a un joven en su máxima plenitud física -ilustra el ideal atlético de la época- a punto de lanzar el disco.
El mérito del artista reside en el hecho de haber elegido un modelo humano en una actitud que hiciera creíble y natural la postura forzada. A pesar de ello, si alguien intentara lanzar el disco partiendo de esta postura, lo que conseguiría es que éste le cayera a los pies, ya que la escultura fue hecha para crear la ilusión de movimiento y no para mostrar la técnica de los lanzadores de la época.
Luciano, escritor griego del siglo II d.C, describió la obra: " encorvado en la postura de quien se prepara a lanzar, vuelto hacia la mano que sostiene el disco y doblando un poco la otra rodilla, como dispuesto a levantarse y lanzar". Por esta cita sabemos que la única copia romana del Discóbolo conservada con la cabeza correcta es la conocida como copia Lancelotti del Museo Romano delle Terme, hecha en mármol.
El Discóbolo supuso un avance decisivo en el estudio del movimiento, de la tensión muscular y de la integración de la figura en el espacio. Pero todos estos logros estuvieron regidos por el principio de la plástica clásica: la frontalidad del punto de vista.
Los escritores antiguos reconocieron el empeño de Mirón por reproducir la realidad, captar el movimiento, buscar nuevas formas y respetar la simetría, pero censuraron su desinterés por los aspectos emocionales y la obsesión por los detalles superficiales.
El Discóbolo pertenece a la época del Clasicismo inicial y, en consecuencia, aún muestra algunas características del periodo arcaico: la cabeza conserva reminiscencias de la inmovilidad del estilo anterior, la sonrisa se parece todavía a la expresión característica de los kouroi y los cabellos semejan un casco de pequeños rizos uniformes.
El original (perdido), era de bronce. Esta técnica permitió a Mirón plantear figuras metálicas en posiciones de difícil equilibrio, mientras que a las copias de mármol había que añadirles soportes para evitar que se rompieran.

DETALLES
  • Movimiento: Lo que hace a esta escultura diferente a las demás es que aquí se empieza a romper con la frontalidad. El movimiento se ve sobre todo en el momento que se retrata; es el momento de concentración para lanzar el disco, donde las articulaciones se flexionan.
  • Arcos: El movimiento lo generan sobre todo dos arcos imaginarios. Uno va de los hombros, cabeza y llega hasta el pie levantado; otro va desde la cabeza, por la espalda hasta el otro pie. Son líneas curvas, lo que producen un gran dinamismo.
  • Anatomía: Como toda escultura griega clásica que se precie, hay un profundo estudio de la anatomía.
  • Cara: Aunque en el cuerpo se intenta dar movimiento, en la cara aún encontramos signos de frontalidad e hieratismo. Su cara no responde al esfuerzo que refleja el cuerpo, siendo un rostro sereno, vacío de sentimiento.
  • Discóbolo: El discóbolo significa el Lanzador de disco. Algunos teóricos afirman que este lanzador era Hyakinthos, atleta griego del que se había enamorado Apolo y que había asesinado con un disco.
  • Color: Aunque muchos no lo piensen, la mayoría de la escultura y la arquitectura griega que ha llegado a nosotros en blanco inmaculado, originariamente estaba policromada con colores vivos.



La Ilíada narra la larga lucha que tiene lugar entre los griegos y los troyanos tras el rapto/fuga de Helena. 
Las descripciones que Homero hace de la guerra son muy vívidas, tanto que llegan a agobiarnos:
Así diciendo, hizo el disparo, 
y el dardo lo enderezó Atenea
a la nariz, al lado de un ojo, 
y le atravesó los blancos dientes.
Y el implacable bronce le cortó
la raíz de la lengua, y la punta 
de la lanza salió fuera, al lado
de la parte más baja del mentón.

La Ilíada contiene de muertes similares: el cuerpo de un hombre que acabaos de conocer ha sido desgarrado, sus entrañas se esparcen mientras cae, arañando el polvo "y la oscuridad se arremolina densa a través de sus ojos". 
Aquiles tal vez sea el guerrero sin comparación entre los griegos, pero, como pasa la mayor parte del poema fuera de escena alimentando el rencor en su tienda, no es el máximo héroe de la Ilíada. Este papel queda reservado para Héctor el "domador de caballos", hijo del rey Príamo y de la reina Hécuba, hermano de Paris; el hombre que apenas sin ayuda alienta a las tropas troyanas con su espíritu de lucha sin olvidar nunca que su destino es morir en las llanuras de Troya, dejando abandonada a su esposa Andrómaca y a su hijo Astianacte.
El Héctor de Homero, a pesar de ser "un león impaciente por combatir" es un sujeto mucho más complejo que sus principales adversarios; detrás de la fachada belicosa hay un hombre de temperamento dulce, como lo llama Helena, y, al final, no será rival para Aquiles.
Héctor se aleja un momento de la batalla para tener el que sospecha será su último encuentro con " mi querida esposa y mi hijito pequeño". Homero en esta reunión familiar se permite una ternura verbal que raramente se encuentra en su poema dice que Héctor "dirigióle al niño una mirada y se sonrió en silencio". El silencio es importante, pues Héctor no es un hombre efusivo.
Al querer abrazar al niño, este se asusta de su propio padre revestido con la armadura:
aterrado ante el bronce y el penacho
de crines de caballo,
que tremendo veía
pender de lo más alto de su yelmo.
Echáronse a reír 
su padre y también su augusta madre. 
Y al punto, se quitó de la cabeza 
el glorioso Héctor
su yelmo y, reluciente, 
en el suelo lo puso:
y él, entonces, a su hijo querido,
después de darle un beso
y meterle en sus brazos,
dijo a Zeus suplicando
y al resto de los dioses:
¡Zeus y demás dioses!, 
concededme ahora mismo
que este mi niño sea
como yo fuera otrora, justamente,
señalado entre todos los troyanos
y, como yo, esforzado,
y que reine en Ilión con poderío.
¡Y ojalá que un buen día diga alguien:
"mucho más bravo es este
que su padre incluso"!

Esta escena, que Homero remata diciendo por boca de Héctor que "ningún varón existe que su propio destino haya esquivado, lo mismo da cobarde que valiente, desde el primer momento de su vida" al tiempo que regresa a la batalla es única en la Ilíada y probablemente la primera vez que aparece reflejado en la literatura el lazo de afecto de una pareja más allá de la exaltación sexual, hasta tal punto que algunos la consideran como un adelanto del amor romántico que no llegaría a la literatura hasta la tradición cortesana. 
Héctor muere a manos de Aquiles y su cuerpo es arrastrado por este hasta que Príamo le suplica que le deje honrar a su hijo y son precisamente los ritos funerarios en honor a Héctor los que cierran la Ilíada, es su nombre, el que aparece en el último verso:
Y,, arena derramando,
el túmulo erigieron:
después de eso volvíanse a sus casas; 
y luego, reunidos, celebraban
un glorioso banquete, cual conviene, 
en la morada de Príamo, el rey
que de la estirpe del dios procede.
Así ellos las exequias celebraban, 
de Héctor el domador de caballos.

EL JUICIO DE PARIS

Zeus, quien controlaba la lluvia y las nubes y sostenía en la mano el terrible rayo, era el Señor del cielo y el más poderoso de los dioses, aunque no era el más viejo. Él y otros once olímpicos -los dioses y las diosas que habitaban en el paraíso en la cima del monte Olimpo, la montaña más alta de Grecia- habían sido precedidos en el reino por los antiguos dioses, los titanes, a quienes destronaron. Los titanes habían sido engendrados por el Padre Cielo y la Madre Tierra, quienes existían antes que cualquier otro dios, y emergieron del Caos primordial cuyos hijos, Oscuridad y Muerte, concibieron a la Luz y al Amor (así la Noche es la madre del Día), haciendo posible la llegada del Cielo y la Tierra.
Zeus, hijo del depuesto titán Cronos, vivía en un enamoramiento perpetuo, por lo que cortejaba y a menudo violaba hermosas mujeres, tanto inmortales como mortales, quienes concebirían dioses y semidioses; esto complicaría considerablemente las relaciones familiares en el Olimpo. Hera, esposa y hermana de Zeus, vivía además perpetuamente celosa, en intrigas permanentes para derrotar una rival después de otra e imponerles crueles castigos. Pero todas las diosas, incluso las vírgenes, eran propensas a los celos; y fue esta debilidad la que contribuyó a que estallara la Guerra de Troya; guerra que empezó, como la tentación de Eva en el Paraíso, con una manzana.
Había una diosa, Eris, que no pertenecía al panteón del Olimpo, y a quien los dioses solían dejar por fuera de sus maravillosas celebraciones, pues era el Espíritu de la discordia. Fiel a su naturaleza, cuando descubrió que no había sido invitada a al boda del rey Peleo con la ninfa Tetis, arrojó hacia el vestíbulo del Olimpo, donde se celebraba el banquete, una manzana con dos palabras escritas encima: tei kallistei (para la más hermosa). Todas las diosas quisieron reclamarla, pero al final quedaron sólo las tres más poderosas para disputarse la manzana: Hera, la diosa con los ojos de vaca, Atenea, la diosa de la guerra -quien brotó de la cabeza de Zaus-y Afrodita, a quien los romanos llamaron Venus, la sonriente e irresistible diosa del Amor, nacida de las espumas del mar.
Zeus rehusó sabiamente ser el juez de este concurso de belleza pero recomendó a Paris, príncipe de Troya, quien había sido desterrado como pastor al monte Ida; su padre, el rey Príamo, había recibido el oráculo de que un día su hijo sería la ruina de Troya. Paris, afirmó Zeus, era reconocido como versado juez de la belleza femenina (y de nada más, debió haber añadido). Las tres diosas no perdieron tiempo en aparecerse ante el desconcertado príncipe pastor y ofrecerle cada una algún tipo de soborno: Hera le prometía convertirlo en señor de Eurasia, Atenea lo haría victorioso en la guerra contra los griegos, Afrodita le daría la mujer más hermosa del mundo. Paris se decidió por Afrodita, quien le dio a Helena, hija de Zeus y de la mortal Leda.
Pero había una pequeña complicación: Helena estaba casada con Menelao, rey de Esparta y hermano de Agamenón de Micenas, el más poderoso rey de Grecia. Pero, con la ayuda de Afrodita, Paris consiguió sacar a Helena de la casa, mientras Menelao estaba ausente, y llevarla a Troya. Cuando Menelao regresó y descubrió lo que había sucedido, buscó la ayuda de todos los jefes griegos, quienes previamente habían prestado juramento para respaldar los derechos de Menelao como esposo en caso de ocurrir una cosa semejante. Sólo dos se mostraron reacios: el astuto y realista Odiseo, rey de Ítaca, quien amaba tanto su hogar y su familia que tuvieron que engañarlo para que se uniera a la aventura; y el más grandioso guerrero de Grecia, Aquiles, cuya madre, la ninfa Tetis, sabía que él moriría si partía había Troya. Aquiles decidió unirse finalmente a los ejércitos griegos, ya que estaba predestinado a escoger una victoria gloriosa en la batalla ante una larga vida privado de honor. Entonces las numerosas naves de los reyes griegos, cada embarcación con más de cincuenta hombres, zarparon hacia Troya en persecución de un rostro, el rostro de Helena, y que en las poderosas palabras de Marlowe fue "el rostro que lanzó al mar miles de naves"
Fuente: Thomas Cahill




EL BARROCO

ITALIA ESPAÑA Y PAÍSES BAJOS INGLATERRA

DEMÉTER Y PERSÉFONE


Zeus la pretendía sin escrúpulo alguno sabiendo que era su hermana, sin embargo Deméter lo rechazaba firmemente; al ser rechazado por ella, Zeus recurrió a uno de sus viejos trucos de conquista: se transformó en un enorme y hermoso toro blanco, habiendo hecho esto Zeus se unió a Deméter, dejándola embarazada. Producto de esto nació Koré (Perséfone), “la niña más inocente”.
Esta historia se repite con Poseidón; Deméter, para evadirlo se convirtió en una yegua y se dispuso a pastar en los pastizales de un rey, cerca de las caballerizas, mas un majestuoso caballo entró de improviso y la sedujo; de esta manera Poseidón logró poseerla, de esa unión nacieron los caballos que tiraron del carro que llevaba al dios Ares.
Koré (Perséfone), la hija fruto de la unión entre Zeus y Deméter, junto a otras doncellas vírgenes paseaban en un bello jardín repleto de lirios y narcisos; mientras la niña observaba los narcisos, Hades, llegó ahí y la raptó de forma violenta, en ese momento la inocente niña conoció el dolor y el horror, dejó de ser Koré para ser Perséphone, “la que dice el horror”.
El dolor que se produjo al perder a su hija convirtió a Deméter en una implacable castigadora. (Fuente: dediosesygriegos.wikispaces.com)


El pelo de Deméter era amarillo como el maíz maduro 
del que era señora, pues ella era el Espíritu de la cosecha, la diosa de los campos sembrados y del grano creciente. El sueño roturado era su espacio sagrado. Las mujeres, los primeros seres labradores en el mundo (mientras los hombres se lanzaban al sangriento clamor de la cacería y la guerra), eran sus devotas naturales y le cantaban: "Sea nuestro oficio separar el trigo de la paja bajo alguna ráfaga de viento, escarbar con la ventadora por entre las pilas de maíz de Deméter mientras ella está ahí de pie entre nosotras, sonriendo, sus brazos morenos cargados de gavillas, sus amplios pechos adornados con flores del campo".
Deméter tuvo solo una hija, y no necesitó otra, pues Perséfone era el Espíritu de la primavera. El Señor de las sombras y la muerte, Hades, el Invisible, se la llevó por entre una grieta de la tierra en su veloz carroza negra, tirada por inmensos corceles del color del carbón, hacia el fondo de los reinos de la muerte. Durante nueve días, Deméter anduvo por tierra, mar y aire buscando a su hija, lamentándose, pero ninguno se atrevía a decirlo lo que había sucedido; solo el Sol, que había visto todo. Con la ayuda de Zeus, la madre recuperó a su hija; pero Perséfone, ante la insistencia de Hades, ya había ingerido tres granos de granada, el alimento de los muertos, y esto significaba que ella tenía que regresar donde Hades. Al final, se pactó una especie de tregua. Perséfone podía retornar donde su atribulada madre pero debía permanecer un tercio de cada año con el Señor de la noche. Así, durante los cuatro meses anuales cuando muere la diosa de la primavera, en su descenso a las tinieblas, el invierno irrumpe en el mundo. Y, entonces, cuando retorna del reino de la oscuridad. Perséfone impacta siempre a los seres terrenales con algo del pavor y de los olores propios de la tumba.
(fuente: Navegando por el mar de vino, Thomas Cahill)






Gericault plasmó en este cuadro un hecho que conmovió a toda la sociedad de su época, el naufragio de la fragata francesa Medusa y la terrible odisea que sufrieron aquellos de sus tripulantes que ante la falta de botes salvavidas para todo el pasaje se refugiaron en una balsa construida con los restos del navío.
Géricault convirtió la tragedia en arte, y lo mismo hizo Julian Barnes cuando recreó esta historia en uno de los capítulos de su libro "Historia del mundo en diez capítulos y medio"








'Naufragio', de Julian Barnes. Quinto capítulo del libro 'Una historia del mundo en diez capítulos y medio'.

PARIS Y LA BOHEMIA



MONTMARTRE
La pintura del último tercio del siglo XIX también desarrolló actitudes de inconformismo y rebeldía. Los pintores mostraron su rechazo a la sociedad burguesa y desarrollaron su estilo de vida al margen de los convencionalismos. París se convirtió en el epicentro cultural del mundo. Zonas como el Barrio Latino, Monparnasse o Montmartre se erigieron en destinos predilectos para los aspirantes o artistas.

La estética realista, representada en por el Salón de los artistas franceses, fue despreciada por esos pintores, quienes propusieron nuevas formas de expresión, como el impresionismo o las corrientes posimpresionistas, que preludiaron las vanguardias del primer tercio del siglo XX.
En torno a esta nueva concepción, que se caracterizaba por el intento de plasmar la luz, el instante, más allá de la forma; los colores planos y el rechazo de la moral burguesa, se desarrolló un verdadero mercado controlado por marchantes. Estos privatizaron la transacción artística y convirtieron a algunos de estos pintores y a sus obras en objetos codiciados, lo que acrecentó las aspiraciones de los artistas de medio mundo de adentrarse en la bohemia parisina.


Toulouse-Lautrec, fue un pintor, grabador y dibujante francés y uno de los artistas que mejor representó la vida nocturna parisiense de finales del siglo XIX. Toulouse-Lautrec nació en 1864, en el seno de una de las familias aristocráticas más importantes de Francia. Siendo adolescente se rompió las dos piernas y, a causa de una enfermedad congénita que le provocaba falta de calcio, durante el resto de su vida conservó un torso normal pero las piernas no le crecieron.

Toulouse-Lautrec frecuentó los coloristas y animados cabarets del distrito parisiense de Montmartre, como el Moulin Rouge, visitó también con asiduidad el teatro, el circo y los burdeles. Los recuerdos e impresiones que sacaba de estos lugares y de sus personajes más destacados los plasmó con gran maestría en retratos y bocetos de sorprendente fuerza y originalidad.

Su vida desordenada, su alcoholismo y un ataque de parálisis le llevaron a abandonar su estudio para refugiarse con su madre en el castillo de Malromé, propiedad de la familia, donde falleció en 1901.

Su obra es muy extensa, realizó gran número de óleos, dibujos, aguafuertes, litografías y pósters o carteles, así como también ilustraciones para varios periódicos de entonces.

A su peculiar y personal estilo incorporó elementos de otros artistas de la época, especialmente de los pintores franceses Degas y Gauguin. El arte japonés, de moda en París por aquellos años, ejerció también su influencia en Toulouse-Lautrec, con sus contornos fuertemente marcados, su composición asimétrica y la utilización de manchas de colores planos. Su obra inspiró a Vincent van Gogh, Georges Seurat, Georges Rouault y a todos aquellos artistas interesados en el trabajo de litografías y carteles.

Enlaces sobre Toulouse-Lautrec:







 Dafne era una ninfa, hija de Peneo, un dios-río que transcurre por la región griego de Tesalia.
Apolo, dios del sol y de la música, era un gran cazador y quería matar una gran serpietne que tenía su guarida en el monte Parnaso. Consiguió su objetivo, pero con ello irritó a los demás dioses, puesto que el lugar en el que la cacería había tenido lugar, Delfos, era sagrado. 
Apolo reclamó el lugar para sí, se apoderó del oráculo y creó unos juegos  que se celebraban anualmente. Orgulloso de su victoria, se burló de Eros, pues siendo un niño llevaba arco y flechas.
Eros decidió vengarse: disparó a Apolo una flecha de oro que le hizo enamorarse locamente de la ninfa Dafne, mientras que ella era a su vez herida por una flecha de plomo que le hizo odiar el amor y especialmente el que Apolo sentía hacia ella. 
Apolo se dedicó a perseguir a Dafne quien huía impelida por un sentimiento de repulsión. Poco a poco Apolo fue reduciendo distancias y cuando ya iba a darle alcance, Dafne imploró a su padre, el río Peneo, para que la librara del acoso.
Poco a poco Dafne se va convirtiendo en árbol: la piel se recubre de cortez, los cabellos enverdecen y se convierten en hojas, sus brazos son ya ramas, los pies se hunden en la tierra y buscan, como raíces, el agua vivificadora,... Se ha transformado en laurel. 
Este árbol será a partir de ahora el símbolo del amor insatisfecho de Apolo, quien, al alcanzarlo, puede aún sentir bajo la corteza que se endurece la tibieza del cuerpo deseado.
Dafne se ha librado del amor, Apolo se ha sumido en la desesperación.
El amor imposible del Dios Apolo inspiró a Garcilaso uno de sus más famosos sonetos, en el que, comparando a su amada indiferente con la esquiva Dafne y a él mismo como el doliente Apolo, recrea este mito:

SONETO XIII
Waterhouse
A Dafne ya los brazos le crecían,
y en luengos ramos vueltos se mostraba;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que el oro escurecían.
De áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros, que aún bullendo estaban:
los blancos pies en tierra se hincaban,
y en torcidas raíces se volvían.
Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol que con lágrimas regaba.
¡Oh miserable estado! ¡oh mal tamaño!
¡Que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón porque lloraba!

 Esta escena ha sido también recreada en la pintura y la escultura:



Durante la Edad Media encontramos numerosos ejemplos de poesía amorosa y erótica. Hay poemas que hablan de la añoranza del amado, otras que narran encuentros amorosos al amanecer o durante la noche, historias de celos, de desamor... Y encontramos estas muestras de poesía puestas tanto en boca de hombres como de mujeres. Existe incluso un gran número de composiciones que nos hablan de amor homosexual.

En España, en Cantabria, podemos ver un ejemplos de erotismo en piedara en San Pedro de Cervatos,