¡Andáis arriba, en la luz,
por blando suelo, genios felices!
Espléndidas brisas divinas
os rozan apenas,
como los dedos de la artista
las cuerdas sagradas.
Carentes de destino, como el niño
dormido, respiran los celestes;
con pudor preservado
en humilde capullo,
florece eternamente
el espíritu en ellos,
y sus ojos felices
contemplan la tranquila
y eterna claridad.
Pero a nosotros no nos es dado
descansar en ninguna parte;
desaparecen, sufren
los hombres, caen
ciegamente de una
hora en otra,
como agua, de roca
en roca arrojada
durante años a la incertidumbre.
Con toda la cabeza de Medusa
tiranamente trata mi firmeza;
muéstrame su rigor, y su belleza,
por quien de mil tramas armas usa.

Miro de transformados la confusa
pesadumbre que infaman su dureza;
quiero escusar mi mal, y la pereza
del encanto crüel mi intento escusa.

Quedo de mármol simulacro eterno
a su templo terrible consagrado,
como los que atrevidamente vieron;

y hecho despojo del tirano tierno,
no escusando poder tiranizado,
me ofende como a aquellos que ofendieron.

LAS GARZAS, RICARDO MIRÓ

En el cielo, velado de improviso,
la banda fugitiva se diseña
(Tal mi vida: crepúsculo indeciso,
donde entre un fondo de dolor, diviso
alejarse una tímida cigüeña...)
Míralas... Su fatal melancolía
se disuelve en el raso de los cielos,
y al verlas agitarse se diría
que son como fantásticos pañuelos
con que al morir nos dice adiós el día.
Las garzas me enamoran... Son lo que huye,
lo intocado, que vuela y se evapora;
y como tras su marcha soñadora
un cansancio infinito se diluye,
el vuelo de las garzas me enamora...
En los lagos dormidos entre brumas,
cuando abre sus párpados la Aurora,
bajo la nieve casta de sus plumas
son el alma de luz de las espumas
y su blancor entonces me enamora...
Por no sé qué lejano simbolismo
sobre el escombro que el verdín colora,
la garza, pensativa, rememora
el alma misteriosa del mutismo
y entonces su silencio me enamora...
Cuando al morir la tarde se derraman
mientras el Sol el infinito dora,
recuerda la bandada voladora
los sueños de las vírgenes que aman
y su inquietud entonces me enamora...
Las garzas me enloquecen... Su blancura,
su mudez, el dolor que las aqueja,
me empujan a quererlas con ternura...
Yo tengo la infinita desventura
de amar lo que se va, lo que se aleja...
Pero yo amo las garzas porque existe
un amable recuerdo en mi memoria...
Es el tuyo: tú fuiste blanca y triste,
y volando, en silencio, te perdiste,
en el cielo sin nubes de mi historia.
Paseábase el rey moro
 por la ciudad de Granada,
 desde la puerta de Elvira
 hasta la de Vivarrambla.
 —¡Ay de mi Alhama!
 Cartas le fueron venidas
 que Alhama era ganada;
 las cartas echó en el fuego
 y al mensajero matara.
—¡Ay de mi Alhama!
 Descabalga de una mula
 y en un caballo cabalga,
 por el Zacatín arriba
 subido se había al Alhambra
. —¡Ay de mi Alhama!
 Como en el Alhambra estuvo,
 al mismo punto mandaba
 que se toquen sus trompetas,
 sus añafiles de plata.
 —¡Ay de mi Alhama!
 Y que las cajas de guerra
 apriesa toquen al arma,
 porque lo oigan sus moros,
 los de la Vega y Granada.
 —¡Ay de mi Albama!
 Los moros, que el son oyeron
 que al sangriento Marte llama,
 uno a uno y dos a dos
 juntado se ha gran batalla.
 —¡Ay de mi Alhama!
 Allí habló un moro viejo,
 de esta manera hablara:
 -¿Para qué nos llamas, rey,
 para qué es esta llamada?
 —¡Ay de mi Alhama!
 —Habéis de saber, amigos,
 una nueva desdichada,
 que cristianos de braveza
 ya nos han ganado Alhama.
 —¡Ay de mi Alhama!
 Allí habló un a1faquí
 de barba crecida y cana:
 —Bien se te emplea, buen rey,
 buen rey, bien se te empleara.
 —¡Ay de mi Alhama!
 Mataste los Bencerrajes,
 que eran la flor de Granada;
 cogiste los tornadizos
 de Córdoba la nombrada.
 —¡Ay de mi Alhama!
 Por eso mereces, rey,
 una pena muy doblada:
 que te pierdas tú y el reino
 y aquí se pierda Granada.
 —¡Ay de mi Alhama!
 (Anónimo)

LA ALFORJA, SAMANIEGO

En una alforja al hombro
 llevo los vicios:
 los ajenos delante,
 detrás, los míos.

 Esto hacen todos;
 así ven los ajenos,
mas no los propios.

                Félix María Samaniego